El fin de Jellystone

Sé que las personas somos ríos en las vidas de otras; las atravesamos y seguimos nuestro curso. No creo que exista regla alguna que nos permita calibrar la verdad de un encuentro. Y sí creo que el presente es la única verdad que importa. Sin embargo, y aunque poco tengo de nostálgica, siempre he pensado que lo que compartes a corazón abierto con una persona a la que amas en un determinado momento, profunda e íntimamente, nunca debería ser vulnerado. En cualquier relación, de amistad, romance, familia… existen territorios que se gestan, y que son fruto del amor que pudo existir, que han de permanecer inaccesibles a la mirada foránea. Puede ser un continente perdido como La Atlántida, un balneario aragonés como Alhama o el escenario de una serie de dibujos, como Jellystone. “Olvídalos si quieres, pero manténlos intactos”. Porque de lo contrario son desvirtuados, produciéndose un fenómeno tan extraño como perverso: la destrucción del pasado. Se malogra nuestra experiencia, esa que al fin y al cabo forma parte de nuestra historia, la que nos dió forma.

Descontextualizarlos y compartirlos es aniquilarlos.
Y no hay peor traición que esa. No la hay.

Pintura callejera anónima remitida vía SMS.

Pintura callejera anónima remitida vía SMS.

 

Astronomía razonable

Image

Expertos conocedores de la ciencia espacial difundían estos días las primeras imágenes del asteroide 2021 DA14, antes de su aproximación a la Tierra, el pasado 15 de febrero. La noticia me llevó a reflexionar sobre las distancias de seguridad a las que deben encontrarse de nosotros los cuerpos que transitan el universo. Decían que el tamaño de este asteroide es similar al de media cancha de fútbol, una envergadura notable desde la perspectiva de un terrícola, que resulta minúscula en el entorno cósmico. En términos astronómicos, rozó nuestro planeta: apenas 27.860 kilómetros le separaban de nosotros. Una vez más, lo remoto se torna insignificante en números galácticos. Y la distancia implica la ausencia de datos 100% fiables: “Lo cierto es que no sabemos tanto de lo que sucede al interior de los asteroides, dado que los que caen en la tierra son muy pequeños y cuando llegan están muy quemados”, afirma una voz experta.

Otro meteorito cayó inesperadamente en Rusia y es lógico pensar que alguna relación había de tener con el 2021 DA 14. “Quizá llega el fin del mundo, quizá no nos dijeron la verdad y se aproxima una tormenta universal”, me comenta Mari Trini mientras apura su última palmera de chocolate, antes de empezar la dieta Dunkan. No la hago caso. Una vez más, desde los medios de comunicación, las voces autorizadas intervienen negando una relación causa efecto. “Confía. Debemos confiar…”, me dice David por teléfono al sentirme asustada. En esta situación, sólo puedo encomendarme a los gobiernos mundiales y a sus expertos astronómicos: ellos crearán mecanismos que ante una posible colisión protejan nuestros latidos. No terminaremos como los dinosaurios. ¿Y cómo nos salvaremos? Destruyendo a aquellos cuerpos que se acerquen demasiado, cualquier asteroide puede ser una amenaza. Y entonces se me ocurre que quizá esos enemigos rocosos son los mismos que contemplamos cruzando el firmamento mientras arden, pensando que son “estrellas” fugaces capaces de transformar nuestros sueños en experiencias. Y es llegado este punto de mi reflexión, cuando me siento defraudada por la astronomía mística. A la búsqueda de respuestas, el ser humano convencional establece sinergias religiosas sin demasiado éxito. Así, después de eliminar conexiones entre golpes meteóricos mediante testimonios científicos, disfrutamos del espectáculo visual que el cielo nos proporciona. Olvidando lo aprendido, dotamos de significado trascendental a ciertos fenómenos astronómicamente razonables, simplemente por su lejanía; por su apariencia atrayente y su naturaleza inalcanzable. Y mientras rendimos culto a lo que no amamos, despojamos a los minutos atmosféricos y terrenales, verdaderamente maravillosos en esencia, de su vertiente mágica.

Bienvenidos al Circo de la Mariposa

Captura de pantalla 2013-01-27 a las 14.21.40

Hoy desperté con una profunda sensación de derrota mezclada con desamparo. Visitando muros ajenos mientras desayunaba, descubrí este cortometraje.

A veces nos acostumbramos a ser vistos a través de un escaparate, desconfiamos o nos reimos de los que cuestionan esa realidad aprendida como “objetiva” y escupimos a quiénes intentan señalarnos un camino hacia la libertad. Creemos que los que se interesan en nosotros y consolidan esa percepción nos pueden servir de ayuda, cuando a veces, y no siempre de una forma malintencionada, refuerzan la prisión que los estereotipos, buenos o malos, edifican a nuestro alrededor. ¿Quién inventó las fronteras? ¿Quién bautizó los océanos? ¿Y si hacemos esas mismas cosas… de otra forma?

Reinventemos el mundo: bienvenidos a Circo de la Mariposa

La fealdad y el momento decisivo

A veces, por mucho que nos esforcemos, por mucho que pidamos paz y renunciemos a sembrar discordia, estamos obligados a convivir con la fealdad. Nada podemos hacer con la de los demás, pero mucho con la nuestra.

Image

Siempre he creido que la fealdad en la acción y lo intangible es éticamente reprobable, y que con frecuencia también en este sentido, la forma hace al monstruo. Una mala gestión de las relaciones humanas junto al falseamiento de nuestros sentimientos pueden llevarnos a manifestaciones y comportamientos grotescos que, tejidos bajo el prisma de la angustia, sólo inspiran rechazo y repugnancia en los demás. Nuestras palabras nos definen: nuestras frases siempre hablan de nosotros. Y aunque a veces pretendamos maquillar y cubrir nuestras deformidades eligiendo términos positivos, dogmas postizos y aforismos desgastados, nuestra esencia nos descubre, dejándonos desnudos ante los otros cuando menos lo esperamos. No es algo malo: yo diría que incluso es una oportunidad para curar un alma (o mente para los “terrenales”) afectivamente enferma. Esa desnudez impuesta que nos obliga a enfrentarnos a nuestra realidad conforma un momento decisivo. Afrontar nuestra fealdad para mejorar nuestro entramado afectivo, y por tanto nuestra existencia, es una opción que nos ayudará a embellecer ese territorio cuyo acceso mantenemos prohibido hasta a nosotros mismos. Por contra, transformar el pánico en odio incisivo contra quienes nos contemplaron, que no es sino resultado del odio que sentimos contra esa desgraciada faz que ocultamos con pudor y vergüenza, es la otra opción, y de inclinarnos por ella, posiblemente caeremos prisioneros de nuesta más hiriente y abrumadora fealdad.

Cada cual elige: siempre. Y su elección determina esa forma que define su ser, un aspecto que no es casual, sino resultado de haber optado por gestar o aniquilar al monstruo en el momento decisivo.

Balada triste de trompeta

Hay algo en la música melódica española de los 60 y 70 que me fascina. Quizá sea un tipo de perversión, pero la tendencia de los letristas a magnificar las heridas de amor, unida a la exageración gestual, gramatical y musical de los intérpretes al cantar dota a los temas de una dimensión trágica y teatral capaz de llevarme en un mal día a un llanto desconsolado, absurdo y placentero. Esas lágrimas a las que me refiero no proceden del vacío y la angustia, sino de un relato de intensidad desproporcionada que me atrapa como las luces de colores en el circo. El proceso no se puede abordar desde la razón, siendo necesario entregarse a una experiencia de emociones sobredimensionadas y liberadoras. El secreto para entrar en esta “frecuencia” reside en hallar el sentido de la verdad en la farsa: no tomarse nada demasiado en serio, pero no caer en la parodia. En cualquier caso, un viaje así no se puede explicar ni entender. Sólo se puede vivir. Creo que es lo que nos atrapa a muchos de los que, contra todo pronóstico, somos admiradores de artistas como Camilo Sesto, Mari Trini o Raphael.

Llegados a este punto, creo que la mejor manera de exponerlo es a través de unos de mis temas favoritos de Raphael, que muchos conoceréis, aunque sea por la película de Alex de la Iglesia.

Abajo la seneridad, desterremos la templanza, lloremos como las petardas y los travestis radicales, sin pudor y con hipo, pero con capacidad de reacción para secarnos los ojos en un momento dado, subirnos a unos tacones y salir a conquistar el mundo.

No podrán tocarte

Tengo una amiga que sufrió malos tratos de niña. Recuerda el terror con el que vivía en su hogar y dice haber borrado algunos de los pasajes de su infancia ante el estado de horror y pánico permanente en el que transcurría su vida. Sin embargo, hay un momento duro que permanece vivo en su memoria: el de la última agresión que sufrió. Aquel día había plantado cara a su padre, lo que le llevó a golpearla contra un espejo. Cuando estaba en el suelo sangrando, comenzó a reir al darse cuenta de que no tenía miedo: “En aquel momento ya no le temía; había decidido que no volvería a tocarme. Él no me importaba, aunque mis sentimientos estaban intactos. Porque sabía que no me golpeaba a mí. Por fin era libre”.

Ayer ese aspecto emocional que mi amiga señalaba al relatar su dura experiencia me vino a la cabeza ante un ajuste mágico y repentino que sentí en mi interior. Lo que me hería, de repente, no me importó y perdí el miedo. Después de un nuevo empujón, experimenté una caída libre hacia el vacío de la indeferencia. Ahora, todo ese dolor me parece estúpido y sobre todo, ajeno.  No siento temor ni odio. No orbito en el mismo sistema galáctico de otros cuerpos celestes y floto con serena inquietud.

Creo que en la vida, en determinadas situaciones, más o menos graves,  y con ciertas personas, llega un momento en el que, traspasado un umbral de dolor, lo que te hería no te afecta. Quizá porque asumes los ataques de los otros como parte de su necesidad de significarse. Entonces, no sientes sus golpes. Entiendes que no son contra ti. Nunca lo fueron.

Ya no rozarán tus emociones. No podrán tocarte.

Pintura callejera anónima remitida vía SMS.

Pintura callejera anónima remitida vía SMS.

Carreteras secundarias en la era del vacío

Días azules

Días azules

Hoy es un día extraño. Tras una sucesión de reacciones incomprensibles, salpicada por una situación delirante que aún no acierto a entender y que jamás había vivido, me encuentro de nuevo bajo la lluvia azul, en un rincón mío y personal situado en un planeta libre de intrigas. Desde aquí, la vida en la tierra se observa con cierta perspectiva que ilumina los parajes más recónditos de ese universo carnal llamado ser humano.

Nunca me he conformado: he seguido adelante en busca de mis sueños. Una búsqueda incesante que me ha obligado a reinventarme una y otra vez, a revisar mis principios, mis hábitos, mis metas y mis acciones.

No me ha dado miedo identificar mis sentimientos como parte del compromiso con una forma de vivir brutalmente honesta. Esa claridad de ideas me ha empujadoa abandonar romances prometedores o trabajos estables al darme cuenta de que un aparente bienestar conformaba lentamente una jaula de oro indeseada. También me he aventurado a lo desconocido, creyendo en lo inexistente, y tras ser reducida a cenizas he regresado limpiamente. No obstante, no me atribuyo mérito: no temer a esa soledad “visual” de no tener pareja estable o despacho fijo amplía el margen de elección y movimiento.

Un rincón compartido

Un rincón compartido

Algunas personas no han seguido este camino, viéndose inmersas en existencias que necesitan dotar de sentido alterando el orden y valor de sus momentos. Hasta ahí procuro comprender, intento empatizar e incluso ayudar; cada uno busca la felicidad a su manera (o como buenamente puede). Sin embargo, haberse decantado por esa opción no debería fomentar la aversión hacia quiénes construyen su vida de otra forma. Si tu realidad cotidiana es grisácea, puedo entender que te veas tentado a poner un énfasis exagerado en el encuentro complementario, en un lógico afán de dotar de fantasía y magia tu existencia. Pero no entiendo por qué deberías esperar que los demás te prioricen sobre quiénes forman parte de su cotidianeidad.

Lo cierto es que ni siquiera sé si el caso que me inspira es este, ni me importa. Pero sí puedo decir que la desagradable experiencia vivida me ha hecho reflexionar en este sentido, llevándome de la angustia, al abatimiento posterior y finalmente a una dolorosa resignación que paso a paso transformo en sosiego consciente y voluntario, para así seguir el rumbo al que apunte mi corazón, lúcido y tranquilo. Un periplo emocional que ha cobrado sentido gracias a varias conversaciones que estos días mantuve con varios y cercanos amigos. Algunos de ellos, aún estando en distintos países y/o continentes, aparecieron de forma mágica y con mucha fuerza para recordarme por qué me brindan su amistad incondicional.

Un cielo a la medida de mis sueños

Un cielo a la medida de mis sueños

No quiero vivir esperando a las vacaciones, ni buscando ilusiones en sucesos repentinos, ni exaltando el significado del amor en una relación telemática o carnal. Deseo una vida que me inspire, y en la que las relaciones sean auténticas y verdaderas. Para ello cada persona debe tener su lugar e importancia, y ha de comprender que algunos roles, aún siendo vitales, requieren más atención que otros, que sin embargo son discretos y serenos. Me refiero esas relaciones de amistad que atraviesan como como vías o caminos nuestro mapa emocional y que no precisan constante atención. No digo que deban olvidarse, muy al contrario: como las carreteras secundarias, también esas personas están muy presentes en nuestra geografía personal. Sin embargo, no tienen ese papel principal porque no les corresponde. Si son buenas y sanas, de tan fiables y nuestras que serán, mantendrán ese afecto sincero e incondicional. Todos somos autovías de ciertas vidas y carreteras de otras. Y es importante saber qué es cada persona para nosotros y quiénes somos para ellos en cada momento.

Son muchos los roles que desempeño en mi vida, y en el de amiga, sobre todo con aquellos que tienen pareja, siempre intento adoptar la postura que no suponga ningún desgaste o esfuerzo extra para mis amigos. Eso no se debe a que yo sea mejor persona o ame más, simplemente ocurre porque no existe ese componente apasionado que a veces nos limita, con una intensidad y frecuencia propios del romance. Por ello ocupo el asiento trasero en el viaje romántico de amigos o familiares; porque mis sentimientos son fuertes y serenos. Y sobre todo, porque estoy segura de su naturaleza.

Captura de pantalla 2012-12-06 a las 23.01.13

Por ello las reacciones alteradas que reclaman protagonismo por parte de quien se considera “amigo” me desconciertan. Que el estado anímico lo determine una amistad reciente y no cotidiana, predominando en nuestros pensamientos por encima de las personas con las que compartimos el día a día, se me hace extraño. Pero entiendo que, como decía, no todas las vidas se construyen bajo las estrellas. También entiendo que ciertas personas atribuyen la incondicionalidad a lo no cotidiano (obviamente, lo esporádico está exento del desgaste diario: he mantenido relaciones así durante años). Eso sí, esa tendencia a basar el  “sentido” de la afectividad en lo colateral suele estar ligado a existencias en singular (siendo un ejercicio honesto, en este caso), vidas afectivas que ya no inspiran o enrededadas en ese amor convencional que se saben marchito y no ilusionante, pero que no se logra abandonar.

No tengo nada contra estas vidas, y nadie soy para juzgar. Pero, ¿por qué alguien en esa situación se sentiría amenazada si una persona amiga eligiese una experiencia de amor y la priorizase, en cuanto a atención y afecto, sobre ella?  Y desde luego, esa elección causa la irritación del amigo, ¿qué sentido tendría que considerase místico su sentimiento y lo impusiese por encima del de su pareja, alimentando el conflico con insinuaciones y provocaciones? La alusión constante y la necesidad de atención son reclamos terrenales… ¿o no?

Captura de pantalla 2012-12-06 a las 22.59.02

He leido muy feas palabras estos últimos meses que he decidido borrar de mi “memoria” e ignorar a partir de ahora. Mientras esas hirientes e insistentes alusiones se emitían contra mí, la confusión y un sentimiento de tristeza me ahogaban. Y como colofón, se me acusa de sembrar la discordia. Algunas personas deberían elaborar una presentación con sus frases, acciones y reacciones, para así afrontar sus emociones antes de defender causas que no pueden sostener con coherencia.

Al final, y por más que he tratado de comprender y ponerme en el lugar de los otros,  sólo puedo olvidar, ignorando ese deseo de dominar y prevalecer sobre mí. Como me dijo una persona amiga con quién compartí noches, risas y confidencias en el Madrid de los noventa… “Las acciones de los demás, para bien o para mal, nada tienen que ver con nosotros la mayoría de las veces, pequeña. Te lo dice un hombre que ha vivido, amado y herido hasta el fondo”.

Tome la decisión y el rumbo que tome, no serán el odio, ni el miedo, ni el afán de victoria mis guías. No necesito ganar partidas y no deseo emprender cruzadas para dotar de sentido mi existencia. Los resultados no siempre son pruebas fiables, porque la vida es algo más que un puñado de reglas en juego. Pero el tiempo siempre acaba, si no dando las respuestas, planteando nuevas y certeras preguntas que no se pueden contestar con premisas, refranes o aforismos.

En cualquier caso, y dejando atrás pataletas y egoismos, este aprendizaje formará parte de mí en el vuelo que es mi vida.

Cambios en mi pequeño mapa del mundo

Llevo un par de meses sin escribir en el blog. He decidido cambiar su nombre por otro que reflejase la premisa de la que partirán mis posts, la misma premisa que ahora me inspira en el día a día: observar y transmitir lo que veo con la distancia necesaria para lograr mantener cierta perspectiva. Al final tan sólo quiero limitarme a “apuntar”, a recordar esas palabras existentes y universales que en ciertas ocasiones no logramos recordar, y en otras, preferimos olvidar.

Poses

En 2011 la artista Yolanda Domíngez realizó el vídeo Poses; una crítica contra la imagen de la mujer que proyecta el mundo de la moda.
Más allá de abordar temas como el peso o la imposición del cuerpo de las modelos como referente de belleza, el interesantísimo trabajo de Yolanda mostraba la irrealidad de las poses que adoptan las féminas protagonistas en fotografía de moda. Desde mi punto de vista lo más llamativo del proyecto no es que ponga de manifiesto la imagen distorsionada de la mujer que potencian las editoriales,  sino el hecho de que, al descontextualizar esas posturas y trasladarlas al mundo real, resultan grotescas o cuanto menos, sorprendentes, lo que es una clara muestra de que se trata de “ficciones” que pierden sentido fuera del mundo artificial del que forman parte.

Siempre he pensado que la fotografía de moda y sus mujeres no son algo malo, simplemente son elementos de una fantasía que aunque pueda alimentar nuestra inspiración, no tiene sentido imitar en la vida real. Las imágenes no son verdad, ni tan siquiera sus protagonistas son tal y como las vemos. Pero lo más importante es entender que no son, ni deben ser, referentes absolutos de nada. Simplemente componen, en los mejores casos, poemas visuales o atractivas apuestas artísticas con una clara vocación comercial. Y no tiene nada de malo: su función es hacernos soñar. Eso es lo que debemos transmitir a las jóvenes sin entrar en vetos innecesarios. Como decían los bloggers Scott Schumann y Garancé Dore, conocidos por fotografíar personas en la calle cuyo look les llama la atención, “Las revistas presentan un mundo grandioso, mientras nosotros nos ocupamos más de la realidad”.

Y es que la verdad, como en todo, está en la calle. Os dejo el vídeo.
Y este sí: Que lo disfrutéis.

 

Cut the world

Llevo varios días queriendo escribir pero no he podido hacerlo. Encerrada en un estado de incomunicación transitoria, he sido incapaz de abordar ciertas emociones, siendo esas emociones precisamente las que quería analizar. Me imagino que aún es demasiado pronto para diseccionarlas con la habilidad y distancia pertinentes. Sin embargo, cuento con la música, las imágenes y las palabras de otros para expresarnos. Una vez más, hablo y rindo homenaje al poder del arte, capaz de contar todas las historias. No importa lo que el autor de la obra haya querido decir; las emociones son universales y viajan formando círculos que crean intersecciones en las que el mensaje queda abierto a la reinterpretación.

Este es el caso del vídeo que he decidido compartir (al final del post). El tema es “Cut the world”, de Antony and the Johnsons. Fruto de la colaboración de Antony Hegarty en la obra “La vida y muerte de Marina Abramovic”,  la interpretación inmediata de la pieza es para la mayor parte  del público (y para el propio Antony) la rebelión de la mujer ante la sociedad patriarcal. Sin embargo para mí, y quizá más el vídeo que la canción, aunque ambos son creaciones ambiguas, se trata de una obra de arte emocionante, violenta y cruel (alineada con el estilo hiriente de Abramovic en algunas de sus performances) que tiene un sinfín de significados.

Un inmenso Willem Dafoe abre la historia con su mirada contradictoria y plagada de matices: confusión, poder, gentileza… se dan cita en el límite que separa el iris de sus pupilas, mientras contempla la ciudad desde su despacho y juega con la alianza que luce en su dedo anular.

Su soledad es interrumpida por la inquietante Carice Van Hauten, que le deja unos documentos sobre la mesa. La cámara la sigue por el pasillo cuando abandona el despacho de su superior hasta que llega a su oficina y también se detiene frente a la venta a contemplar el exterior en silencio. Un primer plano de sus ojos, humedecidos da paso a otro de su rostro, que refleja una dolorosa pesadumbre.

Luego la narración sigue adelante, empapándose de lágrimas y sangre.

A mí parecer, la fuerza poética de la historia trasciende el mensaje inmediato, vinculado a la rebelión femenina ante una injusta hegemonía del varón en la especie humana, para desplegar un mapa de infinitas posibilidades. El crimen cometido por la protagonista del vídeo puede perfectamente simbolizar una escisión entre los principios en los que hemos sido educados y los que han de conformar nuestra ética personal como adultos libres. También representa un voluntario aniquilamiento del sistema aparentemente seguro en el que vivimos; un encierro confuso, insano, gentil y confortable que nos impide ver la luz, pero que a la vez conforma nuestra vida e incluso nuestro ser, tal y como lo conocemos. O quizá pueda ser el reflejo de la irremediable ruptura con una relación emocional tan férreamente instalada en nuestro entramado afectivo (pudiendo ser familiar, amistosa, social o amorosa) que exige el exterminio de los que, erroneamente, considerábamos nuestros deseos.

El fin de los días que conocemos es el fin de los sueños que nos inyectaron en vena al nacer. Identificar y repudiar las metas impuestas por terceros, sean cuales sean, es traumático, porque aunque ajenos y tiranos, esos referentes son los que hemos conocido y de alguna forma, los amamos. Profundamente, además. Sin embargo, sólo después de hacerlo podremos construir nuestros sueños e iniciar nuestro propio camino.

Destaco el cameo de la mismísima Marina Abramovic mirando fijamente a Candice…

Que lo disfrutéis. O lo sufráis. O (¿por qué no?) ambas cosas.