Sol vespertino

Cuando tengo frío suelo intentar atraer el sol hacia mí tirando con fuerza, no puedo evitarlo. Hasta ahora nunca había conseguido que abandonase el cielo: no es cosa fácil encerrar su luz. Hoy mientras paseaba por el parque al atardecer, después de un largo y gélido día en mi oscuro dormitorio, vislumbré lo que parecía una estrella accidentada suspendida entre las ramas de los árboles. Era él; allí estaba. Por fin lo había derribado para hacerlo mío. Lo había conseguido. Pero al darme cuenta de lo que había hecho, me invadió el terror: nunca pensé que habitara dentro de mí un ser tan egoísta y cruel como para apresar a un astro. Y fue entonces cuando comprendí por qué soy la persona más diminuta y sola de la tierra.

¿Puedes ser amado por mí?

Era la frase de una película de adolescentes: una de esas producciones norteamericanas para televisión de los 80 que emitía la primera cadena en la sobremesa de los sábados. No recuerdo el título, ni la trama, sólo recuerdo la escena de un ejercicio en clase de teatro que la protagonista, aspirante a actriz, tenía que poner en práctica con un compañero. Ella preguntaba una y otra vez “¿Puedes ser amado por mí?” hasta que rompía a llorar desconsoladamente.

Me impresionó tanto que cuando la recuerdo siguen escociéndome las muñecas. La gente no pregunta cosas así. La gente pregunta cosas absurdas como “¿Te gusto?” “¿Y me quieres?” “¿Y me querrás siempre?”  preocupándose por una serie de estúpidas cuestiones que no importan lo más mínimo. Sin embargo, nadie te hace esa pregunta; la única que sí tiene sentido. Se trata del factor que marca la diferencia porque, definitivamente, si pocos son los que aman, menos los que están preparados para ser amados. De hecho, sólo unos pocos elegidos toleran ese sentimiento. Lo único que importa cuando encuentras a alguien que despierta tu voluntad de entrega absoluta es averiguar si podrá soportarlo, porque lo lógico es que no posea la fuerza para ello. Por lo tanto no diré que esa búsqueda es placentera: es pura, intensa, dolorosa y cruel. La experiencia resulta de una dureza tan potente que sólo su recuerdo se hace insoportable. Quizá esta sea la razón de que a menudo seamos tan mezquinos que no nos importe que la persona a la que decimos amar sea o no capaz de aceptarlo. Preferimos reservarnos y administrar el afecto meditando cada gesto, cada palabra y cada caricia. Luego pasamos la factura, parte de una serie de recibos asociados o bien a una cuenta afectiva que nos de seguridad, o bien a productos de riesgo que nos den una sensación de ardor, como si el amor fuera cosa de llamas y artificio. Aceptamos la soledad y alimentamos la pasión con el ansia de dominio sobre el otro, para así seguir adelante y elaborar historias que formen parte de nuestras credenciales románticas. Y de esta forma, poco a poco, dejamos transcurrir la vida.

Y es comprensible. Resulta una existencia menos temeraria que la de afrontar la posibilidad de que nadie sea capaz de ser amado por ti… Y seguir respirando.

Nur

Ayer por la tarde me encontré con mi amiga Nur. Tomamos un café, un vino rosado y fumamos un cigarrillo mentolado a medias. La observé caminar mientras se alejaba calle arriba, después de dejarme en casa, y me sentí dolorosamente triste. Ocurre algo muy extraño con esta chica: siempre que la veo me siento profundamente melancólica. No es su culpa: es encantadora y valiente, pero activa en mi interior un sentimiento extraño, doloroso y adictivo, que me hace percibirla como un recuerdo. Alguien que ya no está en mi vida y en quien pienso.

Quizá no existe; puede que tan sólo sea alguien que marcó otra época, una época en la que era feliz y que ahora recuerdo con dolor. Lo que pasa es que nunca hubo una época así en mi vida. Y además, existe. Ahora, según escribo todo esto, me pregunto si ésa es la cuestión. Tiene algo en la mirada que me hace recordar lo que no pasó, lo que no hice, lo que no fuí, lo que nunca seré. No sé por qué, pero mis cicatrices vuelven a ser heridas cuando la veo. Tengo frío y miedo. Y a la vez agradezco su presencia: tenerla cerca me obliga a ser sincera en este y otros sentidos. Y eso no me ocurre con ninguna otra persona.

Qué cosa tan enorme y extraña es la vida. Y cuánta gente importante hay.

Correcto

Tengo un amigo que cuando está de acuerdo con algo dice “correcto”. Es de esos usos de las palabras poco habituales que asociamos a alguien. Al principio me sonaba raro pero ahora creo que a él le va a la perfección. Si existe un ser humano obsesionado con la corrección en el comportamiento, formas, perspectivas y fondos, es él.

Me pregunto si esa explicación puede aplicarse a todas las muletillas de creación propia que marcan épocas en nuestra biografía linguística. Me lo pregunto porque cada una de mis fases vitales como conversadora ha estado marcada por alguna de estas frases fruto de una combinación rara de términos o por alguna palabra utilizada en atonía con el contexto. Hubo una época en la que yo decía “exacto es” para significarme de acuerdo con algo o alguien. Podríamos decir que esa expresión era el equivalente del término “correcto” tal y como lo usa mi amigo. No sé de dónde diablos saqué aquella frase. No podía controlarlo, a pesar de que percibía un gesto inmediato de cierta extrañeza en el interlocutor de turno. Luego desapareció de mi vocabulario, y lo hizo sin dejar rastro. Nunca más volví a pensar en ella. No sé si era correcto usarla, ni si había algún motivo, pero tenía cierto significado aquel uso. Aunque lo desconozco, lo tenía.

Origen

A veces despistarse sirve para salirse del cauce por el que la corriente nos empuja a transitar. Y sin darnos cuenta, desorientados y temerosos, abrimos una nueva vía. Es entonces cuando creamos: en la cocina, el arte, la fotografía, la ciencia… En la vida cotidiana. Siempre ocurre de esa forma: nosotros somos el origen de todas las historias. Elegimos a nuestros protagonistas guiados por la intuición, pero éstos no siempre están en un primer plano. Es necesario tener cierta perspectiva y encontrar el foco del relato para identificar a la estrella. La evidencia puede llegar a ser terriblemente engañosa. Y viceversa. Quiero decir, ¿no se presenta con frecuencia la realidad desenfocada? ¿Y no es nuestra incapacidad para percibirlo el origen de la levedad con la que muchos vivimos?

Palacio de Cristal

A través de los ventanales, miro hacia arriba. Nuestro cielo resulta diminuto. Las ramas amarillas de los árboles parecen enjauladas por el techo del Palacio de Cristal. Pero no me engaño, la que está encerrada soy yo. Construí este palacio de cristal con cada una de las caricias que me dedicaste aquella noche. Nunca pensé que tu regazo me atraparía. Intenté buscar respuestas pero me faltaban las preguntas, así que decidí enviar un par de mensajes de texto a tu teléfono móvil. Me asustaba llamarte y escribirte no fue fácil.  Ahora ya no tengo miedo porque sé que no contestarás.

Y me siento tan libre…

Yo creé este bello país del que no has querido formar parte. Sé que te gustaría; sus habitantes circulan libremente y sin visado. Y hay tantas ciudades que no conocerás y que ahora morirán esperando tu respuesta. Sin embargo, te estoy intensamente agradecida.

Mereció la pena aquel beso apresurado en la puerta del cuarto de baño. Mereció la pena todo lo anterior. Y lo de antes, eso también. Y eso que sucedió aquel día de marzo; sobre todo. Me refiero a ti. Sí, a ti que me lees… por ejemplo.

El buen poder

El sentido de justicia de la vida es tierno y extraño. A veces cuando amamos a alguien lo hacemos tan importante que llegamos a sentirnos diminutos, especialmente  ante la constatación de no ser correspondidos de la misma forma (cuánto dolor innecesario genera esa absurda obsesión nuestra por la correspondencia). Sin embargo, esa importancia regalada no sobrevive a las horas: es una cesión temporal y caduca. Con el paso del tiempo, la persona desaparece, transformada en la imagen pixelada de una pasión febril.

El creador del sentimiento tiene la varita, el amor es el genio. Quien ama siempre es poderoso. Su poder no es fruto de una cesión ni de un motín, es puro y auténtico. Es el buen poder; el que hace a la vida, en ocasiones, implacablemente justa.

 

Desenfocada

Cuando creé este blog no pensé en categorías, ni en etiquetas, ni en las absurdas necesidades del algoritmo de Google que tanto parecen inquietarme últimamente fuera de aquí. Cuando creé este blog no importaba el fondo, el diseño, ni lo social o viralizable de sus contenidos. Nada importaba salvo el deseo de contar. Y el hecho; hacerlo, vaya. Y sin concesiones.

El otro día tomé una fotografía: una imagen apresurada, desenfocada y con un impacto de flash incalculado sobre una cabellera oscura. Había una explicación: no era mi cámara. La cogí por trastear y no enfoqué. No pensaba fotografíar, sólo quería tener una full frame en mis manos, pero luego… La imagen me gustaba tanto… Que la elegí. No me importó lo que el que desempeña el rol de profesor pudiera pensar. Ni lo que otros compañeros dirían. Había algo que quería contar, y eso era lo único que importaba. Ellos no lo escucharon, y fue por el ruido, eso es cierto. Pero no era el ruido de la imagen lo que convirtió el retrato (con un cúmulo de imperfecciones técnicas, ciertamente) en un testimonio mudo; no. Sino el ruido de sus pensamientos. Ese ruido que convierte en mudos los testimonios histéricos que conforman el mundo.

Y pensar que hay quiénes creen en la monotonía y la normalidad, cuando éstas son auténticas quimeras…

Desesperadamente

Me invade una sensación de profundo malestar. En un primer momento e inexplicablemente tengo un frío insoportable y comienzo a tiritar. Duele mucho y de una forma extraña: se trata de un escozor helado que me hace retorcerme.

Luego viene el miedo. Miedo a la nada. Terror. Los temblores son más fuertes ahora. No pienso, simplemente tengo un pánico atroz. Durante unos segundos daría cualquier cosa por el abrazo de esa persona. No nos conocemos, pero hoy su rostro materializa esa amistad sensorial, única y absoluta llamada amor.

Me mareo, parece que voy a vomitar… pero no ocurre. Me tumbo en la cama y cierro los ojos, mis sienes se humedecen. Aprieto los dientes. Ahora viene la parte jodida. Ésa en la que mi cabeza quiere recuperar los capítulos críticos de mi biografía global, analizar los acontecimientos desconocidos, repetir las palabras más crueles una y otra vez, también las bonitas… Todo en un esfuerzo inútil por establecer causas y consecuencias de lo que no existe.

Poco a poco el cuerpo recupera su temperatura. Comienzo a respirar con normalidad y congelo mi mente. Con la garganta infectada me entrego a una tristeza muda. Es tenaz y agotadora. Me destroza. He caido hasta el fondo, ahora escalo hacia la superficie: no hay otro camino.

Sé cómo acabará esto. Sé que se repetirá. Y que no habrá nadie. Sé que el mundo está lleno de personas con este puto frío. Terrorífico y cruel. Pero no me consuela. No puedo encontrar respuestas, así que busco las preguntas. Desesperadamente.

Navidad

En las navidades de 1990 descubrí lo que era la nostalgia del pasado no vivido. Recuerdo perfectamente la fecha porque aquel año me había hecho fan de David Bowie gracias al tema Fame 90 (yo no conocía la edición original). Pero no es de esa canción de la que quiero hablar, sino de un villancico que grabó en 1977: El Tamborilero (Little drummer boy).

Recuerdo tener mi cara pegada a la pantalla del televisor cada tarde en el cuarto de estar, y la música que la Segunda Cadena usaba para dar paso a los anuncios (una version instrumental de White Christmas que yo encontraba emocionante, aunque no conocía el tema). En navidades siempre emitían imágenes del pasado en Televisión, esas que eran tan difíciles de conseguir (bendito YouTube). Yo pasaba horas nerviosa con mi cinta introducida en el vídeo, esperando que algún presentador me diera una alegría con una actuación musical antigua que me permitiera ver a mis ídolos de jóvenes (con 5 ó 10 años menos) y conservarlos intactos para siempre en mi cinta VHS.

No recuerdo el programa en sí, pero sé que se trataba de un espacio de esos en el que mezclaban fragmentos de actuaciones de estrellas internacionales interpretando villancicos, en el que emitieron esta actuación de David Bowie con Bing Crosby. Me sorprendió ver a un Bowie tan joven (13 años menos cuando tienes 14 es toda una vida) junto a un artista tan mayor (me imaginé que debía ser una vieja gloria). Y me quedé fascinada por el extraño dueto. La Red me permite ahora recuperarlo y compartirlo. La canción fue grabada para un especial de Navidad de 1977, en septiembre de ese mismo año. Bowie no quería interpretar el tamborilero porque no la consideraba adecuada para su voz, pero era un gran admirador de Crosby e igualmente grabó el tema. Bing Crosby murió en octubre (en España) y nunca podría ver el especial. Y yo en 1990, a mis 14 años recién cumplidos precisamente el mismo día de septiembre en el que habían grabado esta canción, y sin saber nada de esto, encontré especial e inquietante esta actuación.

¿Crees en el destino?

Felices Fiestas

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