
Días azules
Hoy es un día extraño. Tras una sucesión de reacciones incomprensibles, salpicada por una situación delirante que aún no acierto a entender y que jamás había vivido, me encuentro de nuevo bajo la lluvia azul, en un rincón mío y personal situado en un planeta libre de intrigas. Desde aquí, la vida en la tierra se observa con cierta perspectiva que ilumina los parajes más recónditos de ese universo carnal llamado ser humano.
Nunca me he conformado: he seguido adelante en busca de mis sueños. Una búsqueda incesante que me ha obligado a reinventarme una y otra vez, a revisar mis principios, mis hábitos, mis metas y mis acciones.
No me ha dado miedo identificar mis sentimientos como parte del compromiso con una forma de vivir brutalmente honesta. Esa claridad de ideas me ha empujadoa abandonar romances prometedores o trabajos estables al darme cuenta de que un aparente bienestar conformaba lentamente una jaula de oro indeseada. También me he aventurado a lo desconocido, creyendo en lo inexistente, y tras ser reducida a cenizas he regresado limpiamente. No obstante, no me atribuyo mérito: no temer a esa soledad “visual” de no tener pareja estable o despacho fijo amplía el margen de elección y movimiento.

Un rincón compartido
Algunas personas no han seguido este camino, viéndose inmersas en existencias que necesitan dotar de sentido alterando el orden y valor de sus momentos. Hasta ahí procuro comprender, intento empatizar e incluso ayudar; cada uno busca la felicidad a su manera (o como buenamente puede). Sin embargo, haberse decantado por esa opción no debería fomentar la aversión hacia quiénes construyen su vida de otra forma. Si tu realidad cotidiana es grisácea, puedo entender que te veas tentado a poner un énfasis exagerado en el encuentro complementario, en un lógico afán de dotar de fantasía y magia tu existencia. Pero no entiendo por qué deberías esperar que los demás te prioricen sobre quiénes forman parte de su cotidianeidad.
Lo cierto es que ni siquiera sé si el caso que me inspira es este, ni me importa. Pero sí puedo decir que la desagradable experiencia vivida me ha hecho reflexionar en este sentido, llevándome de la angustia, al abatimiento posterior y finalmente a una dolorosa resignación que paso a paso transformo en sosiego consciente y voluntario, para así seguir el rumbo al que apunte mi corazón, lúcido y tranquilo. Un periplo emocional que ha cobrado sentido gracias a varias conversaciones que estos días mantuve con varios y cercanos amigos. Algunos de ellos, aún estando en distintos países y/o continentes, aparecieron de forma mágica y con mucha fuerza para recordarme por qué me brindan su amistad incondicional.

Un cielo a la medida de mis sueños
No quiero vivir esperando a las vacaciones, ni buscando ilusiones en sucesos repentinos, ni exaltando el significado del amor en una relación telemática o carnal. Deseo una vida que me inspire, y en la que las relaciones sean auténticas y verdaderas. Para ello cada persona debe tener su lugar e importancia, y ha de comprender que algunos roles, aún siendo vitales, requieren más atención que otros, que sin embargo son discretos y serenos. Me refiero esas relaciones de amistad que atraviesan como como vías o caminos nuestro mapa emocional y que no precisan constante atención. No digo que deban olvidarse, muy al contrario: como las carreteras secundarias, también esas personas están muy presentes en nuestra geografía personal. Sin embargo, no tienen ese papel principal porque no les corresponde. Si son buenas y sanas, de tan fiables y nuestras que serán, mantendrán ese afecto sincero e incondicional. Todos somos autovías de ciertas vidas y carreteras de otras. Y es importante saber qué es cada persona para nosotros y quiénes somos para ellos en cada momento.
Son muchos los roles que desempeño en mi vida, y en el de amiga, sobre todo con aquellos que tienen pareja, siempre intento adoptar la postura que no suponga ningún desgaste o esfuerzo extra para mis amigos. Eso no se debe a que yo sea mejor persona o ame más, simplemente ocurre porque no existe ese componente apasionado que a veces nos limita, con una intensidad y frecuencia propios del romance. Por ello ocupo el asiento trasero en el viaje romántico de amigos o familiares; porque mis sentimientos son fuertes y serenos. Y sobre todo, porque estoy segura de su naturaleza.

Por ello las reacciones alteradas que reclaman protagonismo por parte de quien se considera “amigo” me desconciertan. Que el estado anímico lo determine una amistad reciente y no cotidiana, predominando en nuestros pensamientos por encima de las personas con las que compartimos el día a día, se me hace extraño. Pero entiendo que, como decía, no todas las vidas se construyen bajo las estrellas. También entiendo que ciertas personas atribuyen la incondicionalidad a lo no cotidiano (obviamente, lo esporádico está exento del desgaste diario: he mantenido relaciones así durante años). Eso sí, esa tendencia a basar el “sentido” de la afectividad en lo colateral suele estar ligado a existencias en singular (siendo un ejercicio honesto, en este caso), vidas afectivas que ya no inspiran o enrededadas en ese amor convencional que se saben marchito y no ilusionante, pero que no se logra abandonar.
No tengo nada contra estas vidas, y nadie soy para juzgar. Pero, ¿por qué alguien en esa situación se sentiría amenazada si una persona amiga eligiese una experiencia de amor y la priorizase, en cuanto a atención y afecto, sobre ella? Y desde luego, esa elección causa la irritación del amigo, ¿qué sentido tendría que considerase místico su sentimiento y lo impusiese por encima del de su pareja, alimentando el conflico con insinuaciones y provocaciones? La alusión constante y la necesidad de atención son reclamos terrenales… ¿o no?

He leido muy feas palabras estos últimos meses que he decidido borrar de mi “memoria” e ignorar a partir de ahora. Mientras esas hirientes e insistentes alusiones se emitían contra mí, la confusión y un sentimiento de tristeza me ahogaban. Y como colofón, se me acusa de sembrar la discordia. Algunas personas deberían elaborar una presentación con sus frases, acciones y reacciones, para así afrontar sus emociones antes de defender causas que no pueden sostener con coherencia.
Al final, y por más que he tratado de comprender y ponerme en el lugar de los otros, sólo puedo olvidar, ignorando ese deseo de dominar y prevalecer sobre mí. Como me dijo una persona amiga con quién compartí noches, risas y confidencias en el Madrid de los noventa… “Las acciones de los demás, para bien o para mal, nada tienen que ver con nosotros la mayoría de las veces, pequeña. Te lo dice un hombre que ha vivido, amado y herido hasta el fondo”.
Tome la decisión y el rumbo que tome, no serán el odio, ni el miedo, ni el afán de victoria mis guías. No necesito ganar partidas y no deseo emprender cruzadas para dotar de sentido mi existencia. Los resultados no siempre son pruebas fiables, porque la vida es algo más que un puñado de reglas en juego. Pero el tiempo siempre acaba, si no dando las respuestas, planteando nuevas y certeras preguntas que no se pueden contestar con premisas, refranes o aforismos.
En cualquier caso, y dejando atrás pataletas y egoismos, este aprendizaje formará parte de mí en el vuelo que es mi vida.