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Sobre mi costilla izquierda; ahí está la herida. No sé cómo ocurrió. Posiblemente fuese resultado de las horas que pasé cuando era niña encadenando sueños de trapecista en aquel columpio al lado del mar. Según tengo entendido, su irregular y oxidada estructura dañó muchos cuerpos infantiles; el mío quedó maltrecho en el costado izquierdo.

A veces la herida se abre y empieza a vomitar sangre espesa: sucede cuando me acarician con torpeza. Me mareo, el dolor no me deja respirar y siento naúseas y ganas de golpearme hasta la extinción. Siempre creí que llegaría un amante cuya saliva la cerraría y que por fin sería libre. Con o sin él, pero gracias a su boca y a pesar de que al principio, seguramente, el roce de sus dedos la haría sangrar. La confusión permanente con la que tejí mis romances sólo empeoraba su aspecto. Cada vez que la herida se abría hasta mis entrañas, pensaba que moriría. Con el paso del tiempo me di cuenta de que era capaz de sobrevivir a mis malas elecciones, así que no esperaba morir por el dolor: sólo lo deseaba.

Ahora no quiero marcharme; cuando duele  me arropas. Y aunque no se ha cerrado mi furioso costado, siempre detienes con vehemencia y delicadeza la hemorragia repentina, como un torniquete. Así que me limito a vivir en solitario ese trance recurrente mientras busco en tu piel todas las respuestas.

Es extraño conciliar el sueño en las noches perfumadas. Uno no entiende en estos eternos atardeceres las insondables resacas que el exceso de piel puede dejar en los otros. En mi caso, sólo tengo sed y nostalgia de agua.

2010-05-06_21382blog.pngUna vez más he renombrado este blog. Es una de las ventajas de no tener un séquito de lectores; tienes margen para improvisar cambios. Matizar los sucesos para encerrarlos en palabras siempre ha sido lo mío. Sólo sirve para complicar existencias, pero genera adicción. Para minimizar los efectos indeseados, anotaré mis impresiones a partir de los golpes de la realidad que encajo diariamente. Tras distorsionar esas visiones, confío en percibir la realidad con mayor claridad para componer esa gran panorámica que llamamos vida.

Hace unos años, en un programa sobre Lorca, la actriz Cecilia Roth recuperaba aquellas hermosas palabras que Atahualpa Yupanqui le dedicó a Federico García Lorca en una sentida copla: “No temas, Federico, que la muerte es un ratito y nada más”.
Me impresionó escucharlas porque siempre pensé que la vida era corta y la muerte, en cambio, era eterna. Transcurridos los años y después de reflexionar y buscar inútilmente respuestas cada vez que perdía a algún ser querido, entendí aquellas líneas. Y fue casi por casualidad. Repentinamente.

Hay un momento, el del último aliento, que separa la vida de la extinción: es una transición fugaz hacia un estado que desconocemos. Religiones y corrientes de pensamiento han desarrollado todo tipo de teorías al respecto para darnos una respuesta y desvelarnos qué nos espera al otro lado: el paraíso, la reencarnación, pura energía, el eterno silencio…  ¿Nos han ayudado a perder el miedo? Creo que a muchos no. Y es porque en realidad no tememos nuestro destino.
Lo que nos asusta es la muerte: ese instante en el que la vida nos expulsa de su territorio y nos vemos obligados a saltar al vacío.

Pero la muerte es sólo un ratito. Un ratito, nada más.

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Expertos conocedores de la ciencia espacial difundían estos días las primeras imágenes del asteroide 2021 DA14, antes de su aproximación a la Tierra, el pasado 15 de febrero. La noticia me llevó a reflexionar sobre las distancias de seguridad a las que deben encontrarse de nosotros los cuerpos que transitan el universo. Decían que el tamaño de este asteroide es similar al de media cancha de fútbol, una envergadura notable desde la perspectiva de un terrícola, que resulta minúscula en el entorno cósmico. En términos astronómicos, rozó nuestro planeta: apenas 27.860 kilómetros le separaban de nosotros. Una vez más, lo remoto se torna insignificante en números galácticos. Y la distancia implica la ausencia de datos 100% fiables: “Lo cierto es que no sabemos tanto de lo que sucede al interior de los asteroides, dado que los que caen en la tierra son muy pequeños y cuando llegan están muy quemados”, afirma una voz experta.

Otro meteorito cayó inesperadamente en Rusia y es lógico pensar que alguna relación había de tener con el 2021 DA 14. “Quizá llega el fin del mundo, quizá no nos dijeron la verdad y se aproxima una tormenta universal”, me comenta Mari Trini mientras apura su última palmera de chocolate, antes de empezar la dieta Dunkan. No la hago caso. Una vez más, desde los medios de comunicación, las voces autorizadas intervienen negando una relación causa efecto. “Confía. Debemos confiar…”, me dice David por teléfono al sentirme asustada. En esta situación, sólo puedo encomendarme a los gobiernos mundiales y a sus expertos astronómicos: ellos crearán mecanismos que ante una posible colisión protejan nuestros latidos. No terminaremos como los dinosaurios. ¿Y cómo nos salvaremos? Destruyendo a aquellos cuerpos que se acerquen demasiado, cualquier asteroide puede ser una amenaza. Y entonces se me ocurre que quizá esos enemigos rocosos son los mismos que contemplamos cruzando el firmamento mientras arden, pensando que son “estrellas” fugaces capaces de transformar nuestros sueños en experiencias. Y es llegado este punto de mi reflexión, cuando me siento defraudada por la astronomía mística. A la búsqueda de respuestas, el ser humano convencional establece sinergias religiosas sin demasiado éxito. Así, después de eliminar conexiones entre golpes meteóricos mediante testimonios científicos, disfrutamos del espectáculo visual que el cielo nos proporciona. Olvidando lo aprendido, dotamos de significado trascendental a ciertos fenómenos astronómicamente razonables, simplemente por su lejanía; por su apariencia atrayente y su naturaleza inalcanzable. Y mientras rendimos culto a lo que no amamos, despojamos a los minutos atmosféricos y terrenales, verdaderamente maravillosos en esencia, de su vertiente mágica.

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Hoy desperté con una profunda sensación de derrota mezclada con desamparo. Visitando muros ajenos mientras desayunaba, descubrí este cortometraje.

A veces nos acostumbramos a ser vistos a través de un escaparate, desconfiamos o nos reimos de los que cuestionan esa realidad aprendida como “objetiva” y escupimos a quiénes intentan señalarnos un camino hacia la libertad. Creemos que los que se interesan en nosotros y consolidan esa percepción nos pueden servir de ayuda, cuando a veces, y no siempre de una forma malintencionada, refuerzan la prisión que los estereotipos, buenos o malos, edifican a nuestro alrededor. ¿Quién inventó las fronteras? ¿Quién bautizó los océanos? ¿Y si hacemos esas mismas cosas… de otra forma?

Reinventemos el mundo: bienvenidos a Circo de la Mariposa

A veces, por mucho que nos esforcemos, por mucho que pidamos paz y renunciemos a sembrar discordia, estamos obligados a convivir con la fealdad. Nada podemos hacer con la de los demás, pero mucho con la nuestra.

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Siempre he creido que la fealdad en la acción y lo intangible es éticamente reprobable, y que con frecuencia también en este sentido, la forma hace al monstruo. Una mala gestión de las relaciones humanas junto al falseamiento de nuestros sentimientos pueden llevarnos a manifestaciones y comportamientos grotescos que, tejidos bajo el prisma de la angustia, sólo inspiran rechazo y repugnancia en los demás. Nuestras palabras nos definen: nuestras frases siempre hablan de nosotros. Y aunque a veces pretendamos maquillar y cubrir nuestras deformidades eligiendo términos positivos, dogmas postizos y aforismos desgastados, nuestra esencia nos descubre, dejándonos desnudos ante los otros cuando menos lo esperamos. No es algo malo: yo diría que incluso es una oportunidad para curar un alma (o mente para los “terrenales”) afectivamente enferma. Esa desnudez impuesta que nos obliga a enfrentarnos a nuestra realidad conforma un momento decisivo. Afrontar nuestra fealdad para mejorar nuestro entramado afectivo, y por tanto nuestra existencia, es una opción que nos ayudará a embellecer ese territorio cuyo acceso mantenemos prohibido hasta a nosotros mismos. Por contra, transformar el pánico en odio incisivo contra quienes nos contemplaron, que no es sino resultado del odio que sentimos contra esa desgraciada faz que ocultamos con pudor y vergüenza, es la otra opción, y de inclinarnos por ella, posiblemente caeremos prisioneros de nuesta más hiriente y abrumadora fealdad.

Cada cual elige: siempre. Y su elección determina esa forma que define su ser, un aspecto que no es casual, sino resultado de haber optado por gestar o aniquilar al monstruo en el momento decisivo.

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