¿Qué hago yo ahora con cada uno de los latidos que reinventé por ti?

¿Qué hago yo ahora con el sonido que aún no te he dedicado?

¿Qué hago yo ahora con el silencio que compuse en tu honor?

¿Qué hago yo ahora con los atardeceres que alquilé para tu boca?

¿Qué hago yo ahora con las horas que hice tuyas?

¿Y qué hago yo ahora con todo este amor?

¿Qué hago yo?

¿Qué hago?

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Al principio la voz de Juanita era ligeramante temblorosa; su intensa emoción cada vez que lo veía delataba una entrega valiente y admirable, que a él le hacía sentir bonito. Ahora sus labios ya no tienen prisa. Él desnuda cada uno de sus gestos, rumbo a lo profundo. Se ahoga, pero avanza en la inmersión: quiere llegar hasta el fondo. Así es el chico burbuja.

Los viernes acuden a la taberna encantada, donde guitarristas y pianistas de jazz improvisan sesiones. Hoy hay un muchacho que toca el saxofón. Lo invitó Manuela. A Juanita le brillan los ojos como el día de la cena en casa de Clotilde. Ella, que estaba cansada, no tiene ganas de acostarse. La noche avanza y él no puede respirar. “Quédate” le dice, “No, no. Si ya te dije que estoy cansada”, contesta ella. Al salir de la taberna, saludan al muchacho del saxofón. “Espera, que me líe un cigarrillo”, dice ella, apoyándose en un coche. No deja de mirarle. No tiene malas intenciones; simplemente le interesa. Le inspira. El chico burbuja siente una punzada que desgarra su garganta. Enmudece…

Ya en casa, ella apaga la luz de la habitación nada más entrar. Se desviste con prisa y al meterse entre las sábanas, le da un beso corto, sin intención de proseguir por la senda de lógicas caricias.

Amanece el sábado: el chico burbuja abandona la casa sin despertar a Juanita. No la ha besado. Está roto por dentro: miles de cristales se clavan en cada milímetro de su maltrecho aparato afectivo. En su lugar, que no en sus zapatos, podría estar cualquier otro que aquel día en casa de Clotilde hubiera demostrado dotes culinarias captando el interés de las invitadas. Esa verdad golpea sus sienes una y otra vez. No ha dejado de llorar en todo el día, ni siquiera en el restaurante. Las camareras pudorosas simulan no apreciar su tristeza.

Las lágrimas del chico burbuja no se deslizan por su bello rostro alargado: caen desde sus ojos al suelo, a la encimera de la cocina, a los platos sucios… y son redondas.  Los otros no entienden esa forma tan especial que tiene de sufrir; ese extraño y silencioso llanto de niño anciano. “Las lentejas de la mesa 8 tendrán un extraño sabor salado”,  piensa cuando ve a Susana salir con la bandeja. Y sonríe amargamente.

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Subiste al autobús en la Plaza de Neptuno y Carlos nos presentó: pura cortesía. Llevabas los auriculares puestos y trasteabas con tu teléfono móvil en busca de una melodía, mientras nosotros hablábamos de marketing musical. En la pantalla te tu iPhone leí de refilón “Chicago”, de Sufjan Stevens. “Me encanta esa canción”, te dije. No sé si me escuchaste; sonreiste con educación y tus ojos se apartaron de mí. Busqué tu mirada un par de veces más mientras conversábamos. Pero no tuve éxito: cuando bajaste en Delicias me sentí vacío.

Dos días después, mientras inspeccionaba las estanterías de la biblioteca del barrio, te vi: te saludé torpemente y charlamos un rato. ¿Recuerdas? Qué comienzo. El verano que viajaste a Illinois pasaste por casa. Acababas de llegar de Valencia en autobús con una diminuta maleta roja y los bolsillos llenos de hachís. “¿Me lo guardas hasta la vuelta? Creo que en el aeropuerto me dará problemas” susurraste. Tenías la voz más ronca que de costumbre. “¿Estás bien?”, te pregunté. “Es la alergia”, me dijiste retirando con las puntas de los dedos anulares el agua contenida en tus ojos. Me sentí molesto. Tú y esa manera insoportablemente obvia de entregarte que llamabas amor. Te veía tan pequeña que todas las demás eran más bonitas.

Han pasado dos años y mi verdad ahora es la tuya de entonces. Sigo teniendo el hachis en la caja de cartón. Espero que algún día suene el teléfono. Y que seas tú. Y que vengas a casa. Aunque sólo sea, para recuperarlo.

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Desde muy joven estuve obsesionado con dejar mi huella; en la historia, en los paisajes, en los libros o en los recuerdos febriles de un gran número de individuos. Ambicionaba aportar a la humanidad algo que me hiciera sentir menos insignificante y más hermoso: quería transformar mi nombre en materia de estudio.

Con el paso de los años, aprendí a evadir la frustración de no haberlo conseguido con litros de whisky que bebo a sorbitos. Busqué la aceptación en otras facetas de mi vida: para sentirme amado me comprometí con decenas de mujeres. Nunca las elegí: simplemente las encontré, estaban ahí y yo les gustaba. ¿Qué más pedir? Yo podría enamorarme de cualquiera que pensase que soy bello y bueno. Además, tampoco eran tan importantes. Me sirvieron para coleccionar una serie de rostros, algunos más agraciados que otros, en álbumes de fotos. Repaso esos retratos en los momentos de álgida nimiedad: mi biografía me sirve de resorte.

Ya no tengo miedo al rechazo, ni a mi propia insignificancia; refugiándome en el pasado, el presente es anecdótico.

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Piensas que no podemos elegir. “La vida es así, las cosas son así. Siempre cambian”, me dices. Pero no es cierto. El cambio exige una serie de factores determinantes, que en el terreno de la afectividad, están ligados a una profunda voluntad, a una valiente determinación, a una brutal consciencia; y a la conciencia de y para.

La vida, sin embargo, sí genera inercias. Despiadadamente confortables y leves. Sigilosas, paulatinas y pacientes, surgen y crecen como la mala hierba, sin que podamos evitar su nacimiento, a menos que apliquemos una fuerza motriz incesante a cada segundo destilado.  Combatirlas es ingrato: exige poner y exponer todo el corazón. Pero sólo con ese cambio de mentalidad es posible perpetuar la belleza de las cosas, haciendo visible lo invisible, real lo intangible, perpetuo lo efímero…

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Sobre mi costilla izquierda; ahí está la herida. No sé cómo ocurrió. Posiblemente fuese resultado de las horas que pasé cuando era niña encadenando sueños de trapecista en aquel columpio al lado del mar. Según tengo entendido, su irregular y oxidada estructura dañó muchos cuerpos infantiles; el mío quedó maltrecho en el costado izquierdo.

A veces la herida se abre y empieza a vomitar sangre espesa: sucede cuando me acarician con torpeza. Me mareo, el dolor no me deja respirar y siento naúseas y ganas de golpearme hasta la extinción. Siempre creí que llegaría un amante cuya saliva la cerraría y que por fin sería libre. Con o sin él, pero gracias a su boca y a pesar de que al principio, seguramente, el roce de sus dedos la haría sangrar. La confusión permanente con la que tejí mis romances sólo empeoraba su aspecto. Cada vez que la herida se abría hasta mis entrañas, pensaba que moriría. Con el paso del tiempo me di cuenta de que era capaz de sobrevivir a mis malas elecciones, así que no esperaba morir por el dolor: sólo lo deseaba.

Ahora no quiero marcharme; cuando duele  me arropas. Y aunque no se ha cerrado mi furioso costado, siempre detienes con vehemencia y delicadeza la hemorragia repentina, como un torniquete. Así que me limito a vivir en solitario ese trance recurrente mientras busco en tu piel todas las respuestas.

Es extraño conciliar el sueño en las noches perfumadas. Uno no entiende en estos eternos atardeceres las insondables resacas que el exceso de piel puede dejar en los otros. En mi caso, sólo tengo sed y nostalgia de agua.

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